Retomamos siempre la misma discusión. Yo estoy segura, desearía tan solo en esta oportunidad que dejaras de preocuparte por mi bienestar. Yo voy a estar bien, lo prometo. Mis instintos que me guían hacia esta resolución son seguros, fieles a su osadía. Que mi cuerpo y este impulso carnal luego se hagan responsables, momentáneamente no lo dudo, te lo estoy pidiendo... dejá de reprimirnos. Te quiero acá conmigo, con tus contratiempos y tus indesiciones, sos una tentación a la cual no me puedo revelar; pareciera que tus caricias exterminan mi espíritu revolucionario. Esta es mi determinación, estoy convencida de que no debes echarte atrás, no podes alejarte. No por capricho u obsesión, sino simplemente porque tengo esta sospecha de que hay algo aún más agudo que me aferra a vos, y la resistencia es tan débil y el sentimiento aun más pasional que el sexo. A pesar del tiempo y los percances, perdura.
Mi piel actúa por antojo y no por juicio; estando tan próximos es difícil acudir a la cordura. Ciertamente el deseo y la razón jamás fueron buenos amantes. Parece irrazonable, y lo es realmente; pero me niego a renunciar. Elijo el desgaste, el encarcelamiento y esta demencia provocada por los celos, pero ya te lo he dicho: No debes alejarte.
Yo estoy dispuesta. Ya tiré mis cartas, aposté el juicio y la libertad, no temo jugar, y ni el mínimo pliegue de mi cuerpo siente algo siquiera parecido al temor. Es tu turno, son tus cartas, es tu jugada. No pido que dejes ganarme, mis suplicas son únicamente para que te movilices. Debo admitirlo, me tenes acorralada y mis chances son mínimas. Es a todo o nada, y solo resta decir: misericordia, por favor.
Luli Soto
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