La perseguí por el pasillo ahogada en rabia, sin poder controlar los gritos que afloraban de mi ser, cargados de un pasado cubierto de impotencia y lugares vacíos atestados de olvido. No sabía que la odiaba tanto. Mucho menos que la necesitaba. La necesitaba de una forma insólitamente desmesurada.
Mas no le importaban mis bramidos, ella seguía apartándose, siempre al frente, sin volver jamás la mirada hacia atrás. Mi voz casi en tono de súplica, entre el tormento y la angustia le exclamaba que se detuviera, que no se fuera. Atormentada por la desesperación, sintiéndome perdida y olvidada, viendo cómo aquella mujer se me iba de las manos, y con una certeza innegable de que no la volvería a ver.
Aún lo siento, y recuerdo cómo mis manos quisieron atajarla conmigo. Y hallo imposible de conceder el hecho de que me resulte tan difícil dejar partir a alguien a quien jamás creí presente.
Mi aliento de ira, dolor y temor no dejaba de repetir su nombre. En un arranque de cólera, mis brazos inconscientes la tumbaron, mis manos tomaron su cuello aplicando presión, y mi boca temblorosa la inmovilizó. 'Vos no te vas a ningún lado' dije con los ojos empapados de vergüenza y desdén. Ella miró, y luego guardó silencio.
La solté, porque sabía que mis brazos no podían retenerla. La humillación y la culpa me estremesían. No aguardó más y siguió caminando, huyendo.
Supliqué mil perdones, rogué que se quedara, embebida en llanto y horror. El pánico me envolvía, me poseía, y me copaba. Ella estaba cada vez más lejos.
-Silvia!- Grité, ya que a 'mamá' hacía oídos sordos. -Silvia por favor!-
Se dio vuelta, y sin embargo, cruzó la puerta.
No es necesario mencionar que - sin lugar a dudas- mis certezas eran correctas.
Luli Soto.
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